lunes, 26 de noviembre de 2012

2001: Una odisea del espacio



Dentro de la ciencia ficción hay algunos nombres importantes y uno de ellos es el de Arthur C. Clarke, que con su sapiencia e imaginación ha dado un alto nivel al género, apoyado en una descripción pormenorizada que apela a la creatividad y a la ciencia, y en donde uno cree estar frente a la verdad cuando lo lee. Sorprende que cada hecho en la galaxia, en un viaje primero a Júpiter y luego a una luna de Saturno, sea tan nítido y preciso, aunando un trasfondo mítico y evolutivo propio de una ficción y una aventura.

Odisea puede ser vista como un retorno a las raíces extraterrestres, ese es el paradigma de la obra, en el cambio a un ente superior, una unificación. Tras un mensaje en una losa que apela a la energía el mundo humano se dispone a atravesar el sistema solar en busca de quien dejó esa señal, para ello cinco astronautas van en dicha misión, dos despiertos y tres invernando, junto con un computador de alta inteligencia, Hal 9000, que maneja la nave espacial, el discovery, y comparte como un compañero más.

Es una historia que no conlleva muchos diálogos sino se basa en un narrador omnipotente, tampoco hay mucha acción sino se adscribe al desarrollo del trayecto, antes a su contexto y preparación, Clarke se las arregla para expandir el relato sin problemas, el cual se puede simplificar fácilmente pero su detallismo es tan profundo que parece que estuviéramos realmente viviéndolo aun con la dificultad de recrearnos totalmente las imágenes mentales. También denota un dominio científico o da esa impresión, tanto que uno no alcanza a comprender todo su contenido. Es un relato bastante complejo en poder absorber todo su ingenio pero se entiende de la gran odisea del hombre, en que su lugar yace en las estrellas, en el universo.

Sobre el trasfondo se trata desde el inicio de la transformación del hombre desde que es un ser salvaje, un hombre mono hasta un ser de las estrellas. Y aunque nunca descubrimos quien esta detrás, hay cierta oscuridad en ello, quedando libre la interpretación, hay un destino que lucha contra el libre albedrio, el ser humano está dirigido hacia la mutación, por qué o por quién ese es el misterio, y no parece ser necesariamente una lectura mística.

2001: Una odisea del espacio (1968) es un libro entretenido y apasionante que no busca grandes hazañas sino se adjudica una lectura histórica futurista de lo que sería el último hito de la evolución del hombre. Pero también la literatura de Clarke es densa, va a sorprender a quienes creen que la ciencia ficción es algo sencillo. Es una obra muy recomendable.

También lo es el cine arte de Stanley Kubrick, que parecería copiar al libro, pero que en realidad el libro es la expansión detallista de la obra cinematográfica (que tiene de guionistas al director del filme y al mismo Arthur C. Clarke), ya que el libro fue publicado posteriormente siendo trabajos previos de Clarke los que inspiraron la película, como el cuento El centinela (1951).

Libro y película tuvieron casi una vida paralela por lo que sólo hay algunos cambios en la obra literaria en cuanto al problema con Hal que facilitan la comprensión de su comportamiento. Lo mismo hace con la última llegada, Clarke en el libro lo aborda con audacia y confianza relatando una puerta a otro mundo, como en el interior de un sol que cuida del visitante, bajo la invención de un nuevo lugar del espacio.

El famoso filme homónimo de Kubrick (1968) tuvo la dificultad de que manera crear el último tramo del viaje y lo hizo con una larga secuencia de luces multicolores mismo viaje alucinógeno; luego simplifica, deja más artístico y sugerente el momento en que se consuma el hecho de la odisea. La película nos permite por su parte constatar, visualizar mucho lo que Clarke solo esbozaría en cuanto a lo artificial, con respecto a la nave discovery por fuera y en su interior y a la estación espacial.

“Ahora existía solo el rojo sol, llenando el firmamento de uno a otro confín. Estaba tan próximo, que su superficie no se hallaba ya helada en la inmovilidad por la pura escala. Nódulos luminosos se movían de un lado a otro, ciclones de gas ascendían y descendían, y protuberancias volaban lentamente hacia los cielos ¿Lentamente? Debían estar elevándose  a un millón de kilómetros por hora, para que su movimiento fuera visible a sus ojos…”

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